Cuento sin título

Encontrábase un espejo de gran tamaño que reflejaba la dicha y deseos de toda persona que se cruzara por ese espacio. Creado por el primer guardián de la humanidad, Hermes, como antecesor a otro de sus regalos, la reflexión.
El primer y último observador fue su aprendiz y acompañante, Luzbel. Fue un amargo regalo de despedida para él, dado que aún la humanidad no comprendía el destino de la muerte física. Ante el mismo vio pasar su vida y como el Invierno se posó en todo momento del año, toda persona que pasara veía únicamente una estatua de piedra con su forma, los años pasaron y muchos vieron en sus ojos un falso destino dormido y reflexiones eternas. Una noche da cuenta de la plata que lo cubría y maldiciéndose en su debilidad rompió el espejo.
Entre los fragmentos termina de ver la realidad, la nada... Con tal arrepentimiento sobre sus hombros decide renunciar a su existencia entregando sus últimos soplos de vida, salvar la obra de su maestro es todo lo que importa. La luna y la noche, como únicos testigos, observaron cómo se erigía un niño de cabellos plateados y ojos estrellados de una mirada profunda llena de añoranzas ajenas.
"Tu nombre será Abel, buscarás a Hermes mi maestro y tu juez. Los últimos soplos elementales de vida tienes para entregar a 3 almas en toda tu vida, hacedor de nuevas oportunidades y mensajero de verdades sin aceptar. Al final del ciclo ternario te convertirás en arena del tiempo o serás mortal... Hermes dirá! Si algún día lo encuentras..."
Así deambuló un ser de grandes regalos y destino incierto, en un mundo empezando sus eras.

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