Entre la ficción y la realidad...


En un pueblo a sólo 200km de Buenos Aires relatan sobre mandinga y la visita que les hizo hace un lustro.
Quien los escuche dirá que están locos pero hablan sobre una serie de calamidades que se repitieron hasta encontrar al culpable llamando a quienes lo vieran para explicar el por qué de sus acciones.

Solo para nombrar ejemplos hubo un inocente en cruzarse que hizo oídos sordos y sufrió las consecuencias con un camión que no supo frenar y sólo bramar. Quienes le siguieron fue una pobre pareja que en vez de dejar de pelear insultaron al diablo por interrumpir su tiempo perdido, y así sin mediar palabras terminaron donde nadie los vio seguir.
Más que proseguir con las víctimas ahora, aparece una suerte de salvador que vio la prudencia tras muchos inviernos. Decide escuchar a la sombra que acechaba al pueblo, resulta que su deseo era retomar rumbo a Buenos Aires pero entre gauchos, diversiones y payadores supo desviarse de hasta quién era él.
Cortando toda imposición y duda el viejo se limitó a señalar las vías e invitó al extraviado a caminarlas hasta su destino. Sorpresa y curiosidad atrajo a la figura infernal a preguntar el por qué de la ayuda sabiendo quién era él y lo que sucedía, como respuesta obtuvo del anciano: "tanto las calamidades como su causantes dejan de estar, pasan y fluyen con el viento para perderse una vez más indefinidamente... ¿quiénes somos nosotros como para querer detener ese fluir?"
Así se retira dando la espalda al ocaso el embajador de lo que uno desprecia y teme pero que algunos pocos agraciados terminan saludando dando reconocimiento a su obra infaltable.


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